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lunes, 11 de diciembre de 2017

EL VIOLINISTA EN EL LABERINTO

EL VIOLINISTA EN EL LABERINTO
(Una ingrávida y esperanzada música en la antesala de la Navidad)

 Desde la plaza del pueblo unos objetos extraños, decían que faroles de papel con una candela breve en la base, subían hacia el cielo oscuro como luciérnagas anaranjadas, iluminando brevemente el espacio, ascendiendo sin parar, hasta que agotado el combustible que los impulsaba desaparecían de la vista, cayendo tal como habían subido, en un discreto silencio sobre arboledas y pastizales. Entre esa enternecedora y misteriosa escenografía se abría paso la melodía de un músico cuya viola arrancaba también delicados destellos a la noche.

 En 1971, Norman Jewison nos sorprendía con el musical “El Violinista en el Tejado”, un relato de las vicisitudes de Ret Tevye y su familia judía en la Ucrania de finales de siglo. En realidad, la idea de modernidad contrapuesta a la tradición no fue más que el pretexto para que la bellísima música del gran John Williams, partiendo de un enigmático violinista que cuelga sus acordes divinos del alero de un tejado, significara una recurrente y amable sombra que respondiese a esa pregunta que Tevye se hace de manera permanente, mirando a ese cielo que nunca le responde (IfI were a richman / Sunrise, sunset / Tradition). ¿Qué hacer? ¿Qué camino he de tomar? El hecho fue que sus hijas Tzeizel, Model y Shava se casan con sendos jóvenes no impuestos por la casamentera, y el camino no fue otro que el exilio y la huida de la represión del Zar, abandonando su hogar y su granja junto con su gente, aunque conservara el misterioso sonido de ese violín cuya melodía se llevaba entre los pliegues de su alma.

Benalauría se halla hoy, como la mayoría de los pueblos de montaña, abocada a abandonar, como Tevye, una tradición de la que apenas conserva ya unos pocos retazos, y a emprender un camino de dudoso final. Rota y desvertebrada la vida campesina que constituyó aquella “cultura de las laderas”, común a toda la montaña del Mediterráneo, el progreso vino para destruir la esencia y los pilares de aquella vida, con el corolario del abandono de la actividad, por la caída de las rentas, la desaparición de los antiguos oficios, la emigración, el envejecimiento, la despoblación, y el lento pero inexorable avance del monte sobre los terrazgos donde aún se ven los restos de los bancales, de los frutales engullidos por el zarzal, de los venerables olivos casi asilvestrados.Entonces, ¿qué hacer?, ¿qué camino tomar?

 Las políticas europeas de incentivos en estas últimas décadas han paliado la sangría de la montaña, pero pasados los efectos del parche, la herida sigue abierta y el flujo vital de la Serranía se va derramando inexorablemente. La selva avanza victoriosa sobre el paisaje, el campo se abandona, los pueblos van cerrando sus puertas, con calles y plazas que han olvidado los alegres juegos infantiles.

El panorama se nos podría mostrar aterrador, pero unos cuantos resisten. Son los que saben qué hacer, los que aguantan el envite de este pretendido progreso del despilfarro y del triunfo de lo superficial. Son los que se aferran a su tierra, a su casa, a su pasado. Y desde esa fuerza casi telúrica que los impele a permanecer forjan nuevos y antiguos productos nacidos del campo que tanto aman; reconstruyen, transfieren o divulgan los valores de esta tierra (¡qué maravillosa experiencia la de estos días de aceite, moliendas y sabios olivos, propiciados por Paco Lorenzo! ¡Cuánta belleza y cuánto amor destilan esos molinos en miniatura que apareja Antonio Millán!). Ese es su arduo camino, ese es su esforzado afán, y ese es y será su triunfo, reflejado en esta heroica y digna fiesta de la artesanía que hemos compartido.

 En la noche de los faroles anaranjados que pugnaban contra la oscuridad con su llamita de esperanza, la música del violinista no descendía de ningún tejado, sino que se paseaba por las intrincadas calles de este pueblo (el “Laberinto en vertical” que sugiriera Felipe B. Reyes), conjugando con sutiles notas las esperanzas y los temores de las gentes que se agolpaban en la plaza. Bajo la serenidad de música tan bellamente interpretada y envuelto entre las leves luces de la iluminación navideña, ajeno al frío y otros sinsabores, me vinieron a la mente las imágenes de aquella película que un lejano día me recrearon el paso del tiempo y los cambios que éste comporta. Todo pasa, nada permanece, dijo Heráclito de Éfeso hace más de dos mil años, pero tal vez lo que pasa no sea necesariamente mejor que lo que permanece, aunque lo que permanece no deba quedar inmutable.

Que no os quepa duda; Benalauría sobrevivirá mientras haya hombres y mujeres que no se resignen. Vivirá si persiste el chorro de la alberca, el tablar con sus almácigas, el rastro del arado y el olor a pan recién horneado. Mientras los vientos canten sobre el chaparral y los castañares doren los ocasos, mientras acudan las nubes de los ponientes y se vistan de nieve las altas sierras, mientras regresen las flores, corran los arroyos y se oigan los cantos del grillo y la oropéndola. Mientras el río camine bajo la verde despedida de las hojas del chopo.

Al final, entre las dudas y los temores, pedía yo al cielo que no cesaran los acordes mágicos de aquel misterioso violinista que a buen seguro no habría de perderse aquella noche en nuestro laberinto.


De vuestro cronista José A. Castillo.
Paz y Feliz Navidad, austera y solidaria.


miércoles, 8 de noviembre de 2017

A los emigrantes de Benalauría en Cataluña

Sabido de todos es que Andalucía es tierra proclive a la salida de sus hijos. Muchos de ellos lo hicieron, algunos para no volver, al País Vasco, a Cataluña, a Madrid, incluso a ciertos países europeos. Benalauría no fue ajena a esas migraciones y, aun cuando la mayoría se dirigieran hacia la cercana Costa del Sol, algunos de nuestros vecinos se instalaron en esos lugares antes citados, especialmente en Cataluña. Allí encontraron su nuevo hogar dos hijos de Francisco Almagro, Los Almenta y los Romero, los Mena, la familia de Pepe Caporro, Joaquín “El Santo” y su gente, los Guerrero Román, y los apodados “Calcetas” (perdonad si me dejo alguno; atribuidlo a la ignorancia, nunca al olvido).

  Abandonaron por necesidad su paisaje, su pequeño campo si lo hubiera, su casa, su pueblo, su familia, sus amigos. En el sitio de acogida se dejaron la piel y, soslayando dificultades y añoranzas, contribuyeron con su trabajo a la prosperidad de esos lugares, mientras veían crecer a sus hijos frente a un horizonte bastante más despejado que el que ellos conocieron en sus pueblos de origen. Este cronista y su amigo Antonio Delgado pudieron comprobarlo y disfrutar de la generosa hospitalidad de Pepe Almagro y su esposa, pues con ocasión de una visita desde Tremp, donde realizábamos las Milicias Universitarias, fuimos recibidos con gran afecto en su bar, en Balaguer, degustando más tarde lo mejor de su carta, y disfrutando a continuación de un paseo por la ciudad y alrededores. Corría el verano de 1971. Pepe y su familia, como el resto, habían prosperado gracias al tesón, al esfuerzo y la perseverancia en el trabajo, y, perfectamente integrados, regentaban un establecimiento modélico en la ciudad leridana.

  Hoy Cataluña pasa por momentos muy difíciles, pero también España.Y ello a pesar de ser una de las autonomías con más renta por habitante, no sólo de nuestro país, sino de Europa.Es sede de grandes empresas, de miles de PYMES, de grandes bancos. Es líder en turismo, y Barcelona se ha convertido en una de las ciudades más importantes del Mediterráneo. Nunca disfrutó de mayor autonomía política, económica y cultural, y sin embargo,tras más de 500 años de unión, pretende la separación de España, paradójicamente el mayor de sus mercados, en un momento en que la globalización, los sistemas de comunicación y la uniformidad cultural se adueñan del planeta, y cuando la vieja Europa derriba las fronteras y los odios que le costaron dos sangrientas guerras que se extendieron por casi todo el mundo.

Basado en una idea exclusivista e insolidaria (de Andalucía son nueve de los diez pueblos más pobres de España), este nacionalismo radical se empeña en el desprecio de lo ajeno y en la superioridad de lo propio, por ello es, en el fondo y en la superficie, profundamente reaccionario. Y en eso estamos; en un conflicto que separa a los catalanes de un signo de otros muchos que se les oponen: Cataluña se ha partido peligrosamente en dos, y así las cosas,el Estado ha tenido que actuar para preservar el orden constitucional. Nadie gana con esta situación, y a la vista están la fuga de empresas y turistas, la caída de las inversiones, y en el plano humano, la quiebra de la convivencia, incluso entre amigos y familiares.

Siento una inmensa tristeza por esa querida tierra catalana donde habitó parte de mi familia, y que me acogió con sus aires de libertad, de esplendor cultural, de progreso, cuando me desplazaba desde el campamento de Talarn hacia aquella espléndida Barcelona, o a los grandiosos Pirineos de Aigües Tortes y del valle de Bohí (¡qué sencilla belleza del románico de la iglesia Tahüly sus pinturas!), de la tierra de Aránode las bravías montañas del Cadí. Hacia los campos amables ylas ruinas romanas de Tarragona, al paraíso mediterráneo del Montseny, a las calas de la Costa Brava…¿Quién se atrevería a decir que la inmensa mayoría de los españoles no amamos Cataluña?¿Por qué nos la quieren arrebatar?

A vosotros, queridos emigrantes de Benalauría, quiero dedicar esta crónica, porque entiendo que necesitáis de nuestro apoyo en estos tiempos de tribulación. No os hemos olvidado. Perseverad en vuestra catalanidad, tan hispana, y pensad que, después de la tormenta, las aguas turbias se tornarán en un remanso que devuelva a esa tierra la convivencia, la justicia y el progreso de todas sus gentes.


De vuestro cronista, José Antonio Castillo Rodríguez. Noviembre, 2017.

martes, 13 de junio de 2017

LA TRAMA

LA TRAMA

(Crónica de una primavera tardía. José A. Castillo Rodríguez, Cronista Oficial)

Con la llegada del cálido aire de junio, cuando taludes y vertientes conforman un entretejido de flores silvestres, y en el sotobosque verdean helechos, candiles, zarzaparrillas y brezos, invade las calles del pueblo un olor inconfundible a pura infancia, a puro tiempo perdido que, a fuerza de nostalgias, nos rememora irrepetibles momentos de inocentes juegos, de intensas luces recobradas, de paseos y emociones compartidas entre pétalos que intentaban ser palabras de amor.

Era la trama, la flor del castaño, que se arracima en guedejas de oro a partir de los ramajes, bajo los que se escenifica la húmeda y fresca umbría del castañar. Los árboles, adornados ahora con esa trenza dorada, suavizan sus perfiles oscuros en el paisaje que diseña cumbres y barrancas, que baja hasta los valles inquietos, que se manifiesta entre la severidad del alcornocal y la rotundidad de los recios quejigos. Es una imagen de ameno silencio de brisas, de solemnidad lumínica dictada desde los intensos azules en los que el sol, señor de la tierra, ordena que el bosque brille, que las aguas se hagan cristal, que las choperas y alisedas estrenen su renovada escenografía de vuelos de plata, que la digna cal de las aldeas reverbere en sus limpios y breves átomos, como si fuesen desperdigados jazmines sobre el pastizal, y que la Sierra toda sonría y se haga patente en las miríadas de los aulagares, escobones, genistas y majuelos, de las dedaleras, vezas y margaritas, del almoradux y el cantueso, de las alegres adelfas que marcan los quebrados caminos de arroyos y fuentes.

Es la trama, ese olor a dulce preludio de la luz, de las mágicas noches de altos barandales de lunas, de los cantos incesantes de las chicharras, esa cálida orquesta que posa sus percusiones en las ramas del chaparro, de los primeros baños en las aguas puras del río, con las también primeras pisadas sobre la casta arena y las chinas que tapizan las orillas, colocadas en un maravilloso azar que quiere ser una organización estricta de colores y texturas junto a la corriente. Por ellas y entre ellas, no será extraño ver el enhiesto tallo de las junceas, y los verdores del culantrillo, del aromático mastranto, y de ese extraño helecho, la cola de caballo, que parece sobrevenido desde los albores del mundo. Es también el tiempo del sagrado aroma a la tierra recién regada de un bancal, a costa de una humilde alberca que forjó su caudal a partir del llanto de las estrellas.

Al tiempo que la trama, los parvos pegujales de cerezos disponen su universo: es como si sangrasen su savia de inauditos azúcares en gotas encarnadas, rojas, a veces con toques cobrizos, posadas en los apéndices de los ramajes, casi siempre de dos en dos, como si quisieran doblar su néctar y hermosura. Cada fruto fue pura nieve meses antes, y de esa castidad, de esos copos en flor, nada podría resultar tan sugerente como la pequeña, perlada y exquisita cereza, toda la perfección de la madre tierra comprimida en su textura y su sabor, y compendio de la copiosa generosidad del campo a finales de la primavera.


La trama es también, junto al helecho, el aroma que acompaña la Custodia el día del Corpus, en esa procesión que va de altar en altar, visitando cada rincón del Pueblo que, ahíto de flores, repite ahora todos los colores de la montaña. Después de esta fiesta, el verano se abatirá con sus alas doradas sobre el Genal y su tierra, cada día con su alba en frescos resplandores, con la flama caliginosa de sus mañanas, y con esos atardeceres de malva y celeste, en los que la permanente sinfonía de los pájaros se interpretará a partir de un inmenso pentagrama de armonía y plenitud.

miércoles, 22 de marzo de 2017

RUFINA, EL ÚLTIMO CAMPESINO

RUFINA, EL ÚLTIMO CAMPESINO

Crónica de la primavera. José A. Castillo Rodríguez. Marzo, 2017.


 Apenas despunta el día y las sierras a levante se tiñen de rosa y azul, Antonio sube raudo la cuesta de la panadería, saluda con su voz sabia y antigua a algún viandante en la Plazoleta, y con paso firme se encamina a tomar el café a casa de su hermana, apenas unos minutos, pues hay mucho trabajo por hacer: quemar las últimas podas del castañar, vigilar si los cerezos están en flor, proteger las almácigas, echar de comer a los bichos, y más tarde bajar a por  las últimas naranjas que subirá en su mula, en una perfecta carga en cajas o serones, acunadas  con mimo, frescas, limpísimas y contagiadas de azahar. Atrás quedaron los afanes de cuando el otoño e invierno, la difícil recogida de la castaña y el transporte hasta la Cooperativa de Pujerra, las cortas de leña y de los chopos de la huerta de La Estación, el acopio de las aceitunas que habrían de molerse en las almazaras de Ronda.

 Sobre ese horizonte de trabajo sin fin, Antonio apura los últimos retazos de su vigor campesino, ahora necesariamente redoblado desde que se fuera Francisco, su alma gemela en las penosas tareas del campo. Nunca se queja del trabajo, antes bien, lo desarrolla con actitud apacible, casi sonriente, como queriendo significar que aquello es ley de vida, la necesaria identidad del hombre con la tierra, porque como él mismo gusta decir “todo, todito sale del campo…y si el campo se acaba, veremos a ver lo que va a pasar, porque si Dios no lo remedia ya te digo que el campo se termina y entonces…”

 Tal vez se lamente del clima, de ese “tiempo tan contrario que tenemos, hombre”, pero que “en eso sí que no podemos intervenir”, como gusta afirmar mirando dubitativo al cielo, cuando éste convierte el azul en costumbre y nos niega las lluvias. Cuando éstas regresan, su rostro, ajado y esculpido a cincel por vientos, nieblas y sofocos, se torna en sonrisa, y sus manos de sarmiento y su alma honorable se abren al maná que precipita de las nubes y colma los veneros que surtirán sus manantiales y albercas.

 Otras veces, cuando se le dice que se recupera el encinar de La Dehesa de Siete Pilas o del Cerro, y que en la tierra que fue baldío renace la arboleda, dictamina con sapiencia: “Sí, pero tengo dicho que hay que ir a cortar los renuevos, que así la encina se agranda y se hace útil, si no se convierte en una chaparra y termina todo por quemarse.”


 Alguna vez tuve la suerte acompañarle fuera del valle. Admiraba tanto el tesón de los que como él miman la tierra, como los bosques que tapizan las serranías malagueñas, y lo vi rendido ante los viejos pinsapos de la Sierra de las Nieves, o bajo las descomunales arboledas que montan la guardia del Castaño Santo, en los montes de Istán. En el mágico entorno del Hoyo del Bote, ¡qué emoción contenida ante el milagro de aquella desmesura, hermanándose él mismo hasta la sublimación con aquellos soberbios ejemplares! Y cuando contempló la belleza y el orden estricto de los huertos de Balastar (Faraján), con su inquieto chorro precipitándose desde la alta roca entre bancales de naranjos, cerezos, nogales y ciruelos, Antonio enmudeció, y entonces pude intuir en sus ojos cansados el brillo de alguna lágrima escondida, bajo el silencio sonoro del agua, el suspiro de la brisa, y el aura en perfumes que se concitaba sobre aquel escondido paraíso en la tierra.

lunes, 2 de enero de 2017

CARTA A LOS REYES MAGOS

CARTA A LOS REYES MAGOS

Queridos Reyes:

  Hace décadas que nos os escribo. Desde la distancia brumosa que me separa de la niñez, apenas puedo recordar la última vez que cogí pluma y papel para pediros ese juguete deseado, un libro de cuentos, y quizá aquel jersey, camisa o zapatillas de deporte. Ahora, ante esa otra bruma que va creciendo en el ánimo de los que vamos en busca de la vejez, quisiera, aunque fuese por una sola vez, acudir de nuevo ante vosotros, no ya con la tinta honorable de la vieja escritura, sino con este milagro que se anuncia con el  sugerente, y global, nombre de redes sociales.

  Y como ya no me ilusionan juguetes, libros tengo los que no puedo leer y estoy sobrado de ropa, mis peticiones caminan en otra dirección, por si fuese posible alcanzarlas, aunque no las llevéis en las grandes alforjas virtuales que soporta vuestra inmensa y generosa caravana, en esa noche hermosa de mágica luna y trémulas estrellas que mece en duermevela a los millones de niños de nuestro país:
  Os pido por el fin definitivo de la guerra que asola el Medio Oriente; que deis cobijo a los millares de refugiados que lo han perdido todo, a los niños que gritan espantados ante el fragor de los bombardeos asesinos, a los ancianos desvalidos, a las madres que lloran la pérdida de su familia, su casa y sus bienes.

  Os ruego que pongáis algo de razón en los jóvenes llenos de odio que atentan contra sus semejantes, que consigáis el fin de tanta crueldad indiscriminada, de tanto terror gratuito en nombre, oh terrible paradoja, de la religión.

  Que consigáis trabajo y pan para los que no tienen ni Navidad, ni Año Nuevo, ni Reyes, pues en lo único que pueden pensar es cómo dar de comer a su familia el próximo día, cómo pagar la luz y cómo abrigarse del frío.

  Que ofrezcáis albergue y calor a los pobres de la tierra, a los marginados de las ciudades, a los inocentes expulsados de este nuestro pretendido e injusto progreso.   Y también que donéis a los inmigrantes que vienen huyendo del hambre y la desesperación un futuro acorde con la dignidad que poseen como seres humanos.

  Que aliviéis los padecimientos de los que padecen dolor, sea físico, sea espiritual, o a los que han perdido un ser querido, con la esperanza de alcanzar paliativo a tan gran sufrimiento, a tan profunda nostalgia. Y, muy en especial, alivio a los niños enfermos, en cuyos ojos grandes y hermosos uno se mira en el espejo de una mirada asustada que interroga al mundo con esa pregunta sin respuesta, -“¿por qué?, ¿por qué a mí?”

  Que pongáis cordura y sentido de estado a los que nos gobiernan, alejando de ellos tanto la corrupción, como aquellos intentos de construir sobre la división, el egoísmo y el rencor. Poned en sus mentes la necesidad urgente de velar por la Madre Tierra y sus criaturas, por limpiar los ríos y mares,  por conservar los bosques,  por purificar el aire.

  No os pido bienes, no azares de sorteos y loterías, no mejores casas, ropas o vehículos. Lo que os solicito, asunto que firmarían los casi quinientos habitantes de este pueblecito perdido en la áspera y hermosa Serranía, no es para los que tenemos de casi todo, sino para los que carecen de todo.  Y aunque no ignoro que os he pedido demasiado para vuestros medios, al menos tocad en la puerta que sea menester, rogad donde se os oiga, insistid ante Quien os guía, que al cabo fue el objeto de ese vuestro largo e interminable viaje, que comenzara hace ya más de dos mil años.


José Antonio Castillo Rodríguez. Cronista de Benalauría. Enero, 2017.

jueves, 13 de octubre de 2016

EL SARCOMA

EL SARCOMA

De vuestro cronista, José A. Castillo Rodríguez. Otoño de 2016.

   La inocencia es el atributo esencial de casi todos los que ejercen de niños. A veces, bajo ese rostro que no ha sido contaminado aún por el mal, se esconde una tragedia. Adrián lo sabe bien. Tiene su cuerpo herido gravemente por el asta de un toro que le corroe por dentro. A él, que hubiera querido exponerse ante ese noble animal que va de verdad, a muerte, intentando defender con la fiereza de su instinto su propia vida.
A ese niño inocente y enfermo, a ese chiquillo de ojos grandes y puros, algunos toreros le han ofrecido un homenaje, por recaudar fondos para esa infancia que sufre. Adrián padece en su cuerpo la sombra de un sarcoma contra el que lucha a diario. Algunos, desde la más absoluta de las maldades, le han deseado la muerte porque el chiquillo pretende ser torero cuando sea mayor. He aquí ese otro sarcoma de la intolerancia, del totalitarismo, del más miserable de los sentimientos que, en pro de defender a un animal, propone acabar con la vida de un pequeño inocente e ingenuo. En sus excrecencias y exabruptos que les permiten las redes sociales (a veces cloacas insociales) se señala nítido el mal que les corroe, éste sin posible alivio, pues la maldad no se cura. Tampoco la cobardía, y mucho menos la estupidez.
 En estos tiempos, otros sarcomas sacuden el solar de la vieja España. Socaban la piel de nuestro país, despreciando el espíritu de la reconciliación que los españoles nos dimos tras el fin de la dictadura, y retornando a los sectarismos que nos llevaron a la tragedia incivil. Ahora acusa formas de intolerancia hacia un pasado histórico que, como en cualquier otra nación, tendrá a buen seguro luces y sombras. España celebra el descubrimiento de América a la par que casi todos los países de aquel continente, incluidos los anglosajones, como homenaje a la gesta de Colón. Instituida ya la democracia, es desde entonces nuestra Fiesta Nacional, y eso parece repeler a algunos, que hablan incluso de recuerdo de un genocidio: aun respetando toda opinión, pienso que acusan desconocimiento de la Historia, y como la desconocen, yerran. Simplifican las atrocidades de toda colonización, conózcase a Fray Bartolomé de las Casas, el primero en denunciar las malas prácticas de los colonizadores, léase a Sánchez Ferlosio, fustigador tanto de los abusos como de los falsos indigenistas,pero, aun admitiéndolas, el Occidente grecolatino fijó allí bien sus raíces en las universidades, en las catedrales, en las Reducciones, en la explotación de recursos, en el comercio, enriqueciéndose ambos continentes con intercambios sin los que hoy nuestro mundo no sería posible. Porque para genocidio atroz, este apunte: Hernán Cortés conquistó el Imperio Azteca con un puñado de hombres y varias piezas de artillería, pero sobre todo con la ayuda de los indígenas que odiaban a ese imperio, que los sojuzgaba y los asesinaba en bárbaros rituales en las pirámides o Teocalli, para saciar a sus sanguinarios dioses. Esos indígenas sí que sabían de genocidios.
  No pretendo dictar una clase de historia ni convencer a nadie. Nunca  he sido amante de tauromaquias, pero me indigna tanta maldad hacia la inocencia de un niño enfermo. En cuanto al resto, el sarcoma de la intolerancia y el sectarismo va parejo al de la ignorancia más supina. Pobre España si alguno de éstos alcanzara a gobernar algún día.


lunes, 1 de agosto de 2016

LA PISCINA Y LAS CHICHARRAS

LA PISCINA Y LAS CHICHARRAS
(Crónica del verano. José A. Castillo. 2016)

Aquella mañana de finales de julio el sol había salido potente y cegador por las sierras de levante. Los altos riscos desdibujaban sus sombras entre neblinas y el valle entero se impregnaba de la luz abrumadora del estío, con las inmensas arboledas como mullidas alfombras verdiazuladas, las cumbres de Bermeja con algunos retazos de nubes posadas entre los pinares, y las del Poyato blancas, purísimas en sus destellos de piedra con el telón de fondo de un cielo azul, puro como el agua de una alberca.

 La noche anterior, la Plaza bullía en gentes, vinos y raciones. Había en el ambiente como un deseo de recuperar el tiempo perdido, de salir de casa en busca de la conversación que nos concede la paz del vino, que es costumbre vieja y amable. Los tres bares del pueblo se afanaban en servir, cada cual según su estilo, y ahora con la innovación que nos traen Joaquín y su esposa. Y es que han sido años muy duros en los que el noble pueblo español, ese que nunca grita ni sale a destrozar lo que es de todos, ha soportado estoicamente la carestía, los recortes presupuestarios, el paro, los desahucios, la desesperación de los hijos. ¿Estamos ya recuperándonos a tenor de esa alegría que se atisba en las calles? Este cronista sabe poco de macroeconomía, terrible palabra, pero se esperanza en esa cierta alegría que ve en las buenas gentes, en los honorables padres y madres que salen a tomar el aire de la noche con el suave pellizco de la cerveza frígida, en los jóvenes que ahora comienzan a ver una pequeña luz en el túnel, aunque esa luz sea tan sólo una pizca de lo que sería necesario. Eso si nuestros políticos no se empeñan en destruir, por su ceguera e incapacidad, lo que a todas luces suena a recuperación más o menos consolidada. ¡Qué decepción si fuésemos a unas terceras elecciones! ¡Qué horrendo fracaso de nuestra democracia y qué indignación entonces la de ese honrado pueblo de España, sufrido, paciente y sabio!


Al eso del medio día, mucha gente subió a la piscina. Las incansables cigarras, como los políticos antes citados, hurgaban el aire de oro del estío con su impertinente y continua cacharrería de sones, que convivían tozudamente con la brisa que se posaba entre las ramas de los chaparros, castaños y encinas. Esas chicharras, que son como el termómetro de la arboleda: silentes en invierno, charlatanas en el estío. Allí arriba, el viento amable barre cualquier atisbo de calor, mientras al frente se recrece en encinar bajos los poderosos riscos de la Dorsal. ¡Qué bellísima profundidad de campo! ¡Qué limpieza en los perfiles aguerridos de las altas calizas! ¡Qué gozosas tonalidades del mundo desperdigado por montes y hondonadas! En aquellas alturas, Salva y Begoña nos ofrecen la calidad de sus carnes y sus vinos, mientras parte del pueblo, que tal vez debería mirar más hacia lo suyo y no buscar fuera lo que en casa tiene de sobra, se refrescaba en las aguas azules donde los niños chapoteaban bajo el ahora tenue sol de la tarde y la sombra protectora de la montaña pura en encinas, vuelos y brisas. Cuando bajó por fin la gran mariposa de la tarde con sus élitros de sombra, todo quedó allí en calma, a la espera de la luna y su trémulo despliegue de estrellas.